Nuestro deseo es que cada uno de los mensajes, así como cada uno de los ministerios y recursos enlazados, pueda ayudar como una herramienta al crecimiento, edificación y fortaleza de cada creyente dentro de la iglesia de Jesucristo en las naciones y ser un práctico instrumento dentro de los planes y propósitos de Dios para la humanidad. Cada mensaje tiene el propósito de dejar una enseñanza basada en la doctrina bíblica, de dar una voz de aliento, de edificar las vidas; además de que pueda ser adaptado por quien desee para enseñanzas en células o grupos de enseñanza evangelísticos, escuela dominical, en evangelismo personal, en consejería o en reuniones y servicios de iglesias.

sábado, 23 de abril de 2011

Los que buscan al Señor°


La expresión “buscar al Señor” se refiere al deseo de conocerle, al hambre y a la sed ardientes de tener una relación íntima con nuestro Creador. Implica la maravillosa sensación de desarrollar unidad con Él, donde Jesucristo no es ya nuestro distante Salvador y Señor, sino un amigo íntimo que camina con nosotros día tras día. En Mateo 12:39, Jesús llamó “mala y adúltera” a su generación: “La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada”. Ellos buscaban señales y prodigios en vez de buscar al Señor.

Hoy, vivimos en un clima espiritual muy parecido, en el que las personas quieren demostraciones del poder divino, pero se conforman con una simple relación superficial con Jesús. Les satisface saber que son salvas, asistir a la iglesia y recibir respuestas a sus escasas oraciones; sin embargo, prefieren no ahondar en su relación con su Salvador ni buscarle más efectivamente.

Los beneficios de buscar a Dios son maravillosos; la Biblia nos dice que “Los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien”. Salmo 34:10. Pero no seremos llevados por inercia, de manera accidental a una relación significativa con Él; el secreto para desarrollar intimidad con Dios es actuar decididamente teniendo ese fin en mente. Como dice en 1 Crónicas 22:19: “Poned, pues, ahora vuestros corazones y vuestros ánimos en buscar a Jehová vuestro Dios”. 

¿Cómo podemos, entonces, buscar con tesón conocerle mejor? Por la Biblia—La Biblia es la relación escrita de los atributos de Dios y de la manera como Él actúa. Muchos cristianos leen uno o dos pasajes cada mañana, pero buscar al Señor exige mucho más que eso. Cuando abra la Palabra de Dios, dígale al Señor: “Quiero conocerte mejor. Háblame, Señor, y muéstrame la verdad sobre Ti”. Usted puede tener la seguridad de que “muéstrame la verdad” es una oración que Dios siempre responderá.

Cuando usted se enamora de alguien, anhela desarrollar una relación para conocer más a esa persona. Cuando se produce la intimidad verdadera, las barreras desaparecen y la ignorancia es sustituida por un conocimiento que tiene un nivel más profundo que lo físico o lo emocional: se produce una conexión con el espíritu de la otra persona. De manera parecida, si usted quiere buscar a Dios, abra su Biblia con el propósito de hallar respuestas a las siguientes preguntas: ¿Quién es este Dios? ¿Quién es este Cristo? ¿Quién es este Espíritu Santo que mora dentro de mí y que expresa la vida de Jesús a través de mi ser?

Lo más importante en mi vida no es mi servicio, ganar personas para Cristo, predicar sermones, o ser un pastor. Lo más importante en mi vida es desarrollar mi relación con Cristo. 

Por tanto, cuando usted se acerque a Él en oración, dígale: “Señor, abre mi corazón a Ti y háblame; muéstrate a mí, y ayúdame a entender Tus caminos”. Por la adoración—No vaya a la iglesia simplemente porque es domingo. Por el contrario, valla con un corazón hambriento y una actitud de: “Señor, ¿qué quieres decirme? ¿Qué quieres hacer en mí y a través de mí?” Venga listo para escucharle; tenga una Biblia abierta, una libreta y un esfero, para que pueda anotar lo que el Señor le revele lo que Él está tratando de hacer en su vida. Usted se marchará habiendo aprendido verdades que influenciarán su futuro si las acepta y las aplica.

No puedo imaginar que alguien vaya a un culto para sólo estar allí sentado, y pensando: ¡Qué sermón tan maravilloso! El propósito de la iglesia no es entretenerle sino más bien dejar que Dios cause un impacto en su corazón, que cambie su vida, y que lo haga cada vez más parecido a Jesucristo. Esto comenzará a suceder cuando usted lo invite decididamente a hablarle a su corazón.

Jeremías 29:11-14. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice Jehová, y haré volver vuestra cautividad, y os reuniré de todas las naciones, y de todos los lugares adonde os arrojé, dice Jehová; y os haré volver al lugar de donde os hice llevar.

La Biblia nos dice que cuando nuestra prioridad máxima es conocer a Dios, podemos esperar una serie de beneficios, además de la gran bendición de tener intimidad con Él:

Primero. No tendremos falta de ningún bien. El salmo 37:4 dice que si Dios es lo primero en nuestro amor e interés, Él nos concederá los deseos de nuestro corazón. Como nuestro Creador omnisciente, el Señor nos conoce mejor que lo que nos conocemos a nosotros mismos; Él está muy consciente de nuestros anhelos más profundos, incluso de algunos de los que no nos hemos dado cuenta. Aún más, al buscarle aprendemos como piensa Él, nuestros pensamientos comienzan a alinearse con los Suyos, y desearemos solamente lo que Él desea. De esa manera, las bendiciones que Dios decide amorosamente para nosotros, satisfarán verdaderamente los deseos de nuestro corazón.

Segundo. Tendremos éxito en la vida. 2 Crónicas 31:21 nos ofrece el ejemplo de Zacarías: “En todo cuanto emprendió en el servicio de la casa de Dios, de acuerdo con la ley y los mandamientos, buscó a su Dios, lo hizo de todo corazón, y fue prosperado”. Igualmente, el Señor le dijo a Josué que obedeciera el libro de la ley para que pudiera prosperar y tener éxito en todas sus empresas (Josué 1:7, 8). El principio es que, al meditar en la Palabra de Dios, llegamos a entender Sus caminos y Su voluntad, y nuestra relación con Él se profundizará. Si conocemos más a Dios, haremos decisiones correctas en número cada vez mayor, y eso lleva al éxito.

Tercero. Adquiriremos entendimiento. Proverbios 28:5 dice: “Los hombres malos no entienden el juicio; mas los que buscan a Jehová entienden todas las cosas”. Un corazón malo es tenebroso e impuro, y en él se aloja un espíritu rebelde. Pero cuando ansiamos conocer a Dios, nuestro corazón se vuelve limpio, nuestra mente se aclara, y nuestro espíritu se hace obediente; seremos, entonces, capaces de discernir lo que es moralmente bueno y lo que es moralmente malo, y entonces acataremos obedientemente la dirección divina.

Cuarto. Sabremos lo que es el contentamiento. Por su experiencia en el desierto, David sabía lo que era ansiar con vehemencia el agua; por eso usó la imagen de la sed en el salmo 63:1 para expresar la ansiedad con que él buscaba al Señor. En el versículo 5, expresa un genuino y profundo contentamiento: “Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca”. Es que en el corazón de una persona que busca con afán al Señor, hay una sensación de profunda satisfacción.

La experiencia más emocionante que yo he tenido, es postrarme delante de Dios y tener comunión con Él. Ninguna otra cosa hará en favor del corazón humano lo que hará Su presencia; ninguna otra cosa satisfará su espíritu como el estar a solas con el Señor Jesucristo. En eso consiste el contentamiento.

¿Qué anhela su corazón? Al despertar cada mañana, ¿en qué piensa y qué desea en la vida? Si es capaz de responder: “A Jesucristo”, eso es evidencia de que usted está buscando verdaderamente al Señor. Si usted desea tener más comprensión y mayor conocimiento de la voluntad de Dios para su vida, no espere entonces. Ya sea que tenga 5 años o 95, comience a aprender cómo buscar, obedecer, y seguirle. Ése es el camino que conduce al éxito y al verdadero contentamiento.

Muchas personas tienen la idea de que el cristianismo consiste en orar, ofrendar, compartir su fe y ser buenas. Pero la verdadera fe es también el anhelo diario de tener un mayor conocimiento de, e intimidad con, el Señor. El espíritu de un creyente puede estar satisfecho con la presencia de Jesucristo viviendo dentro de él y, sin embargo, seguir sediento. Uno de los principios básicos de la fe cristiana es que cuanto más conocemos al Señor, más querremos aprender de Él. Debemos buscar al Señor en vez de las riquezas y los deseos del mundo, nuestro deseo de Él debe ser más fuerte que cualquier otro anhelo que tengamos.

Recibimos las “cosas buenas” de la vida, es decir, lo que Dios desea para nosotros, cuando lo buscamos a Él. Una mente puesta en el éxito material no conocerá la senda de la plenitud espiritual. Sin embargo, buscar al Señor no implica abandonar los planes y los sueños; significa solamente que sometemos sinceramente nuestras esperanzas a Su voluntad.

Cuando nos esforzamos por conocer a Dios, nuestros deseos cambian para reflejar los Suyos. Nuestro Padre, a cambio, se responsabiliza por Sus hijos y pone nuestras metas a nuestro alcance. Nos da todas las cosas buenas que desea nuestro corazón moldeado por Dios.

¿Cómo puede un creyente buscar al Dios que suplirá sus necesidades? Estudiando Su Palabra y pidiéndole Su revelación. Todo cristiano que quiera conocer la voluntad de Dios, puede esperar Su enseñanza. Cuando recibimos un nuevo conocimiento de Él, nuestro deseo de Dios se convertirá en una gran llama. Cuanto más busquemos aprender de Dios, más querremos conocerlo.

En el Salmo 27, David le ruega a Dios en una plegaria urgente e intensa. Le ruega en el verso 7, “¡Oye, Jehová, mi voz con que a ti clamo! ¡Ten misericordia de mí y respóndeme!” Su oración está enfocada en un solo deseo, una ambición, algo que se había convertido en algo que lo consumía totalmente: “Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré”. Salmo 27:4.

David está testificando, “Tengo una oración, Señor, una petición. Es mi único más importante objetivo en mi vida, mi plegaria constante, la única cosa que deseo. Y lo buscaré con todo lo que está en mí. Esta sola cosa me consume como mi objetivo continuo.”

¿Qué era esta acosa que David deseaba sobre todas las cosas, el objeto que su corazón deseaba obtener? Él nos dice: “Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para buscarlo en su templo.”. Salmo 27:4.

No te equivoques. David no era ascético, evitando el mundo exterior. No era una ermita, buscando esconderse en un lugar desierto y solitario. No, David fue un hombre apasionado de acción. Él fue un gran guerrero, con grandes multitudes cantando de sus victorias en batalla. También era apasionado en su oración y su devoción, con un corazón que añoraba a Dios. Y el Señor había bendecido a David con muchos de los deseos de su corazón.

Ciertamente, David había probado todo lo que un hombre podría desear en la vida. Había conocido riquezas y bienes, poder y autoridad. Había recibido el respeto, alabanzas y la adulación de los hombres. Dios le había dado Jerusalén como la capital del reino. Y David estaba rodeado de hombres devotos quienes estaban dispuestos a morir por él.

Sobre todo, David era un adorador. Era un hombre que alababa quien le dio gracias a Dios por todas sus bendiciones. Él testificó, “El Señor me ha dado bendiciones diariamente.” Sin embargo, a la misma vez, David era un guerrero. Enfrentaba enemigos y tribulaciones a través de su vida. Todo el infierno estaba comprometido a destruir a este hombre de Dios. De hecho, David ahora enfrentaba un grupo entero acampado a su alrededor, enemigos malvados quienes juraron “comer mis carnes”. Salmo 27:2.

Pero David no tenía miedo. En el primer verso de este Salmo, él declara, “¿De quién temeré? Salmo 27:1. Él confiaba en la gracia y misericordia de Dios, y sabía que el Señor le daría fortaleza: “Jehová es la fortaleza de mi vida.” Salmo 27:1.

Es claro que David iba a continuar como siempre había hecho, viviendo su vida apasionadamente. Sin embargo, a pesar de las bendiciones que había experimentado, algo todavía faltaba. Al mirar su vida, David vio una necesidad en su alma que no había sido llenada. Su vida entera se resumía en este asunto, y le clamó a Dios sobre ello.

David dijo, en efecto, “Hay un modo de vida que busco ahora—un lugar establecido en el Señor que mi alma anhela. Quiero una intimidad ininterrumpida con mi Dios.” Esto es lo que David quiso decir cuando oró, “Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para buscarlo en su templo.” Salmo 27:4.

David no estaba hablando de dejar su trono para mudarse físicamente al templo de Dios. No, su corazón anhelaba algo que vio en el espíritu. Para David, tenía que haber algo más que la reunión de adoración. Sentía que había algo del Señor que no había obtenido, y no iba a descansar hasta que lo encontrara.

Dijo, en resumen, “Hay un esplendor, una gloria, un entusiasmo del Señor que no he visto aun en mi vida. Quiero saber cómo es tener una comunión ininterrumpida con mi Dios. He conocido victorias, he sido liberado, he visto su mano obrar milagros—pero todavía anhelo algo firme. Quiero que mi vida sea una plegaria viviente.

Creo que David estaba hastiado del ritual muerto religioso. Este hombre piadoso estaba cansado de ceremonia vacía, mirando a sacerdotes y adoradores siguiendo formas religiosas sin vida. David vio en sus rituales, solo una forma de religión, uno que no tenía poder. Su corazón clamaba, “Esto está todo mal. Es la razón por la cual la gente deja la adoración y se tornan a ídolos. No hay belleza en esto, ninguna pasión. Amo la casa de Dios, ¿pero qué pasó con la vida? La ley todavía es enseñada, pero se ha convertido en conocimiento muerto. Hoy en día salgo del templo con mi alma acongojada.”

Quería conocer la vida, la realidad, detrás de los rituales religiosos. ¿Quién era la oveja de sacrificio? ¿Cuál era la realidad detrás del incienso, los candelabros? El corazón de David anhelaba saber, y tomó una decisión: “Ya no puedo más—no puedo seguir así. Simplemente no estoy satisfecho. No pasaré el resto de mi vida con estos anhelos espirituales insatisfechos. 

Desde ahora en adelante, tengo un objetivo, una búsqueda en mi vida. Viviré en la presencia del Señor y le preguntaré a él hasta que obtenga lo que mi corazón anhela.”

Creo que hoy en día hay millones de cristianos piadosos que aman al Señor, pero sienten que hay algo que les falta en sus vidas.

Así que David fue a su propia casa y oró, ¡Oye, Jehová, mi voz con que a ti clamo! ¡Ten misericordia de mí y respóndeme!” Salmo 27:7. En otras palabras: “Señor, quiero tener comunión ininterrumpida contigo. Por favor, ¿qué debo hacer para alcanzar mi deseo?”

Dios le contestó con estas simples palabras: “Buscad mi rostro” Salmo 27:8. ¿Cómo respondió David a esto? Él contestó, “Señor, cuando dijiste, “Buscad mi rostro,” mi corazón saltó como respuesta.” “Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro, Tu rostro buscaré, Jehová” Salmo 27:8.

El rostro de Dios es su semejanza, su reflejo. Al contestar como lo hizo, el Señor le reveló a David como satisfacer sus ansias: reflejando a Dios en su propia vida. Él estaba instruyendo a David, “Aprende de mí. Escudriña mi Palabra y ora por entendimiento a través del Espíritu, para que seas igual que yo. Quiero que tu vida refleje mi belleza al mundo.”

Esto no era meramente un llamado a la oración; David ya estaba orando siete veces al día. De hecho, las oraciones de David fueron las que crearon esa pasión en él de conocer al Señor. No, este llamado de Dios era para tener hambre por un estilo de vida que totalmente refleja quien es el Señor Jesucristo.

Dios tomó un rostro humano. Jesús vino a la tierra como hombre, Dios encarnado. Y él hizo esto para que pudiese sentir nuestro dolor, ser tentado y probado como lo somos nosotros, y mostrarnos al Padre. La Escritura dice que Jesús es la imagen expresa (significando la semejanza exacta) de Dios. Él es la misma esencia y sustancia de Dios el Padre. Hebreos 1:3. El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. En resumen, él es “igual que” el Padre en todas las maneras.

Hasta este mismo día, Jesucristo es el rostro, o la misma semejanza de Dios en la tierra. Y debido a Él, tenemos comunión ininterrumpida con el Padre. A través de la Cruz, tenemos el privilegio de “ver su rostro,” de tocarlo. Hasta podemos vivir como él lo hizo, testificando.

Hoy, cuando Dios dice, “Busca mi rostro,” sus palabras tienen más implicaciones que en cualquier otro tiempo en la historia.


¡Lo debemos buscar con un propósito: para que seamos como él! Para que seamos su imagen expresa, para que aquellos que buscan al Cristo verdadero lo vean en nosotros. Todo el evangelismo, toda ganancia de almas, todas los alcances misioneros son en vano, a menos que contemplemos el rostro de Jesús y somos continuamente cambiados a su imagen. Ninguna alma puede ser tocada excepto por tales cristianos. Y Jesús nos llamó a reflejar ese rostro a un mundo perdido sin Dios y sin salvación. Bendiciones.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada